Helas aquí. De plata y hermosura.
Se desvanecen, aparecen huyen
y la noche lunar las trae de nuevo.
¿Oyes su canto?…
Complácete, no te apresures,
goza en su contemplación su aparición.
……………………………..
No volverás a contemplarlas nunca…
JESÚS HILARIO TUNDIDOR ( España, 1935 )
Un roce breve, fugitivo
como el ala de una mariposa
hizo arder el aire en un instante
entre tu cuerpo y el mío.
El universo se ocultó a mis ojos
y se encerró en un latido.
Tus miradas se volvieron mares
y sus olas mecieron mi destino.
Para siempre, un instante,
que ninguna muerte extinguirá,
mientras te ame.
CLARA DÍAZ PASCUAL ( España )
Tú me gustas total, entera y toda,
no por el fuego de tu pelo húmedo,
ni por tus senos de canela tibia,
ni el pecado del ritmo de tu cadera.
Tú me gustas total, entera y toda,
no por tu boca tan intacta al beso,
ni por las llamaradas de tu carne
que se te está calcinando entre las venas.
Tú me gustas total, entera y toda,
no porque eres mía y no me perteneces,
ni porque la envidia de los demás la siento
como si se tratase de propia envidia.
Tú me gustas total, entera y toda,
no porque me la pase junto a ti
bebiéndome tu aliento, ni rumiando
los pedazos de amor que tú me tiras.
Tú me gustas total, entera y toda,
por ese olor a carne que tú tienes;
olor de carne de mujer que es tuyo,
porque nadie más huele así en la tierra.
Tú me gustas total entera y toda,
porque ese olor es tuyo y lo encontré para mí.
CESAR DÍAZ MARTÍNEZ ( Venezuela )
Tú en el alto balcón de tu silencio,
yo en la barca sin rumbo de mi daño,
los dos perdidos por igual camino,
tú esperando mi voz y yo esperando.
Esclavo tú del horizonte inútil,
encadenada yo de mi pasado.
Ni silueta de nave en tu pupila,
ni brújula y timón para mis brazos.
En pie en el alto barandal marino
tú aguardarías mi llegada en vano.
yo habría de llegar sobre la espuma
en el amanecer de un día blanco.
Pero el alto balcón de tu silencio
olvidó la señal para mi barco.
Y me perdí en la niebla de tu encuentro
-como un pájaro ciego-, por los años.
JOSEFINA DE LA TORRE España, 1907 - 2002
Hoy he vuelto del baño
con las carnes tostadas por el aire y el sol;
con los cabellos polvoreados de arena.
A mis oídos traigo pegado un caracol
donde la mar resuena
con su perenne arrastre de zumbidos.
Traigo toda la mar en los oídos…
Al salir a la playa,
obstinada la mar me perseguía
con el blanco mordisco de su espuma.
De su seno emergía
desnudándome de agua y arrastrando
detrás de mí jirones de la fría
túnica de sus ondas. Cuando
un nuevo paso hacia la orilla daba,
parecía que tras de mí tiraba
de todo el mar que me siguió bramando.
Se desprendía de mis carnes, roto
en gotas que bañaban las arenas
y evaporaba el sol con el castigo
de sus irradiaciones,
inyecciones de vértigo en mis venas ;
pero el hecho es que el mar salió conmigo
y aquí lo traigo en las palpitaciones
de mis carnes morenas.
Siento en mis labios el sabor salobre
de sus besos, y sobre
mi piel velluda el enconado diente
del sol; y además siento
rozar la tibia comba de mi frente
el aletazo rítmico del viento.
El mar me ha perseguido con su aliento.
Lo siento a mis cabellos adherido;
de todo el mar se penetró mi vida;
por mi epidermis su contacto pasa,
y siento a ese contacto renacida
mi fuerza espiritual, como una brasa.
Su clamor, su clamor muerde mi oído…
Es que el mar me ha seguido
como un perro fantástico hasta casa.
EMILIO FRUGONI ( Uruguay, 1881- 19??)
Digo tu nombre abierto para el mío,
me ciño con tu nombre, penetro por tu nombre,
me reposo en tu nombre, lo repito
en mi vocabulario de quererte,
y repetir tu nombre,
modelarlo con voz de amorosa costumbre,
es recoger palabras de sonrisa,
es recibir palabras de colores,
es aceptar palabras de flor nueva,
de complacencia,
y prosigo en tu nombre
en donde todo es bueno y es de amor,
en donde abro ventanas de buen tiempo
y de noches desnudas para vivir en ti.
Tu nombre es de piel tibia y pensamiento claro.
Yo persisto en tu nombre. Soy tu nombre.
ENRIQUE BADOSA ( España, 1927 )
El momento llegó de la partida.
Es hora ya de que el viajero ande.
Lloras y eres más bella entristecida:
yo estoy triste también, y amo mi herida
pues sé que es el dolor lo único grande
que hay en medio del barro de la vida.
Estamos juntos, sin decirnos nada.
Tu amor perfuma, mi pasión florece;
tiembla el llanto encendido en tu mirada,
pálida sombra en tus ojeras viste.
Lloras; y en tanto que el silencio crece,
yo me pongo a mirar cómo anochece
en tu mirada luminosa y triste…!
La calle, el libro, el oro del poniente
te hablarán al oído del ausente.
Oye: fija los ojos en la altura;
y mientras yo por el erial me pierdo,
sé buena, humilde y pura,
y calienta el jardín de tu ternura
con el rayo del sol de mi recuerdo!
Así te dije. Al fin llegóse el día
de marchar. La mañana estaba fría,
trivial e indiferente.
Las campanas sonaban.
Era el día de Ceniza. Lentamente
iban los transeúntes, y llevaban
la cruz de plomo en lo alto de la frente.
Nosotros con el rito no cumplimos
pues la ceniza en nuestro ser ya estaba.
Casi serenos, la piqueta oímos
que hora por hora en le olvido excava:
¿Qué importa una existencia que es mentira?
se agranda el sol cuando la tarde expira…
¡como el amor cuando el placer se acaba!
Juntas las manos en estrecho nudo,
te di el último beso, largo y mudo,
que fue como un sarcasmo de la suerte:
pues él me pareció, ya enlutecido
por la ausencia, a la hora de perderte,
¡un banquete de púrpura servido
en la misma antesala de la muerte!
Maldije, como farsa y como escoria,
nombre y esfuerzo, juventud y gloria,
nulos ante este idilio hecho pedazos…
Y dándote el adiós de despedida,
crucifiqué los sueños de mi vida
sobre la cruz de mármol de tus brazos.
AURELIO MARTÍNEZ MUTIS ( Colombia, 1885 - 1954 )
“…es tan corto el amor
y es tan largo el olvido… ”
Pablo Neruda
Te fuiste.
Como se va la primavera.
Como se van todas las cosas.
Como se pierden en el mar las velas.
Y yo me quedé solo,
con las uñas clavadas en la arena,
viendo como se alejan las mareas.
Te fuiste.
Ni tu nombre recuerdo,
ni el color de tus ojos.
Sólo que por las tardes leíamos a Neruda;
aún me llega el timbre de tu voz profunda,
y el alarido de tu dicha, suelto,
huyendo a medianoche por la playa.
Te fuiste.
Irremediablemente huiste de mi vida.
Fue el océano tu cómplice fortuito:
zarpaste al borde de un balandro cualquiera
una tarde cualquiera.
Yo me quedé sobre la playa dilatada,
salpicado de ocaso, solitario en la arena.
Te fuiste.
Nos habíamos amado con la furia de los 25 años.
Todo fue cerca al mar:
besos de sal y yodo,
mordiscos de medusa enloquecida,
saltos de delfines en celo,
abrazos hasta brotar la sangre marinera.
Te fuiste.
Como se fueron también la rada familiar,
las velas madrugadoras de los camaroneros,
el lecho duro de nuestros combates clandestinos.
Hasta el mar cambió de rostro y de fragancia;
la codicia del hombre corrompió las aguas.
El aire mismo se llenó de venenos y de miasmas.
Te fuiste.
Como se van todas las cosas.
Y yo me quedé solo,
con las uñas clavadas en la arena,
viendo como se alejaban las mareas.
LUIS ZALAMEA BORDA ( Colombia, 1921 )
Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida
y fresca de sol: a esta hora no hay nadie.
Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer
mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el
agua todavía está oscuro
y hace un frío que pela, pero basta emerger al sol
y se vuelven a mirar las cosas con ojos lavados.
Es un placer tenderse desnuda sobre la hierba ya caliente
y buscar con los ojos entornados las grandes colinas
que sobrepasan los chopos y me ven desnuda
y nadie de allí se percata. Aquel viejo en ropa interior
y sombrero, que iba de pesca, me ha visto zambullirme,
pero ha creído que era un muchacho y no ha dicho ni pío.
Esta noche regreso como mujer, vestida de rojo
-aquellos hombres que me sonríen por la calle no saben
que ahora estoy tendida aquí, desnuda-, regreso vestida
a recoger sonrisas. Aquellos hombres no saben
que esta noche tendré caderas vigorosas bajo el vestido rojo
y seré otra mujer. Nadie me ve aquí abajo:
y más allá de las plantas hay dragadores más fuertes
que aquellos que sonríen: nadie me ve.
Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos,
será como si estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá
que podría encontrarme aquí sola. Seré como ellos.
Tan sólo que, los muy necios, querrán abrazarme estrechamente,
susurrarme pícaras proposiciones. ¿Pero qué me importan
sus caricias? Sé hacerme caricias yo sola.
Esta noche deberíamos poder estar desnudos y vernos
sin pícaras sonrisas. Yo sonrío sola
al tenderme aquí entre la hierba y nadie lo sabe.
Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.
Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.
No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.
Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.
Versión de Carles José i Solsora