Está faltando la luz y
escribo el poema a ciegas
en la hoja de un viejo calendario.
Por primera vez me doy cuenta
que las palabras son vanas
y vano es nuestro entendimiento
si en la noche la tinta
no logra desprenderse de
la oscuridad del cielo
y mi poema no logra
iluminarme el camino
adentro mío
y si tú no estás conmigo
para darme consuelo
de esta amarga palidez
del alma obscura.
De Poemas de una noche de insomnio
No me hables.
No me hables porque
las palabras, asesinas,
callan las emociones.
Palabras verdugos,
testigos de la muerte del tiempo,
palabras que nos echan en cara
nuestro límite de criaturas mortales.
Hastío de las palabras,
sonidos ridículos
que tartamudeo para decirte lo que siento
que no tiene forma y
no se puede escribir sino
con fría espuma de ola
sobre arena caliente de sol,
y no se puede escribir sino
con mi boca lamiendo tu piel
y no se puede escribir sino
con lluvia que cae
sobre nuestro patio,
el patio que conoció tus besos y mi cuello.
Palabras inútiles,
escritas en libros amarillentos,
hojas manchadas
por un lapicero seco y sin tinta ya,
ideas pintadas en el aire
por algún pintor que, gracias a Dios,
olvidó el alfabeto.
Palabras frustrantes
que se gastan como cigarrillos
y el humo escribe en el aire tu ausencia y
la falta que le haces a mis ojos
que extrañan tu sonrisa,
a mis brazos que extrañan tu calor,
a mis piernas que extrañan tus manos,
a mi alma que extraña tu infierno,
el infierno que me inyectaste y que
llevo dentro por la maldición
de haberte amado.
Al encontrarte mis estigmas empezaron a sangrar.
Mis pasos escriben chorreando
tu nombre en el camino.
¿Logrará el viento borrar
la sangre seca de mi historia?
¿Podrán estas palabras vacías devolverme
el icono de nuestro mutuo martirio o
será el silencio la cruz que merezco
y que asumo como mi única maleta en este viaje
entre la maldita culpa del sacrificio?
Y sin embargo estas siguen siendo palabras
que no son gritos
y no son canto
y que no te comunican
las espinas que siento,
clavadas en mis sienes,
clavadas en mis sueños,
hartos ya de la pesadilla de tu traición,
la misma traición pura de las palabras
que no sirven no sirven no sirven
porque no hay milagro
sino caricias guardadas por demasiado tiempo en
una mano que se hizo puño,
no hay milagro
sino heridas entreabiertas en el costado que
ya no sangran bajo el suplicio de tu olvido,
no hay milagro
sino pies sucios del largo camino que llevo,
y que tendrás que limpiarme con tu pelo,
Magdalena.
De La carne del tiempo, Editorial Artificios, Bogotá, 2002
Hay en San Juan una cuesta empedrada
por la que circula el viento
de la bahía profunda,
vuelan las risas sobre los espejos
y tallan en las azoteas
huellas nocturnas.
¿Qué nuevo camino se impone
en este laberinto que oculta
un sombrero de plata?
Siempre insumisos ladean
las colinas y los valles por donde surca
un velero imaginario que viola
los peligrosos confines del verbo,
las jadeantes fronteras del axioma anárquico.
Arranca el perpetuo adjetivo que embriaga
el verso definidor: arte por el arte.
Hay en San Juan una puerta cerrada
que ajusta el filo de la noche,
que afina el reencuentro súbito,
y abre al ruido del tráfico
su decreto místico.
El aire subrepticio
revela la sorpresa de su magia,
mientras el mar ahonda la suya
en la bahía profunda.
El buscador de joyas traga estiércol
como abono a una tierra sin raíces.
Escarba cuerpos con sus uñas negras
y arranca corazones
picados de gusano.
En cada frente de mina esa veta
de ojos que se resiste al picador.
De El ojo entornado (1996)
I
Hugo Ania Mercier: yo te quería.
A tu cuerpo de hombre agonizante
que irradiaba dolor como un diamante,
a tu paso que insiste todavía,
a tu lengua -clavel de la ironía-
que aún esconde callada sed punzante;
a tu mano, nerviosa, azul, de amante
cuya noche del tiempo siempre es mía;
a tu verso que llora aunque me cante,
a tu pila de huesos, insultante,
a tu alma cayéndose de fría
que compuso la muerte en un instante:
¿qué les puedo decir, cicatrizante
de esa augusta verdad que te envolvía?
II
Entre libros te guardo casi seco,
mi animal luminoso, mi demente,
y tu voz que está viva sigue ausente,
mi juguete sin cuerda, mi tareco.
En la paz misteriosa de unos nichos
sin querer ya zafarme de tu frente,
alelada de amor pero impotente,
te he dejado otra vez entre los bichos.
Ah, mi niño de trapo, lis siniestro,
no te puedo rezar ni el padrenuestro.
Ah, ternura que el diablo siempre arranca,
si tenías la luz que maravilla:
¿por qué huiste de nuevo a la semilla,
por qué mataste esa paloma blanca?
III
Nos veremos -dijiste- y tu recado
de poeta infeliz, tonto profundo,
me condena a buscar en otro mundo
ese sueño de ayer que no ha pasado.
¿Fue una cita final o fue un aroma
que me sigue cuidando las entrañas?
¿Fue este poco de fe con que me bañas;
fue, mi hermano de todo, alguna broma?
Ya no tienes la fístula terrible,
ya no tienes soriasis ni enfisema
ni neurosis ni polio ni agonía.
Ya eres lejos, memoria, no, imposible.
estás sano en la gloria del poema.
Hugo Ania Mercier: yo te quería.
Por horas
permanezco
como en trance
oyéndome pensar
por horas.
Puedo sentarme quieto
un día entero
y hasta varios días
sin que sepa
por qué me agreden
como víboras hambrientas
los atardeceres de la memoria.
Quizá en el momento
en que pueda percibir
con meridiana claridad
la voz precisa
del silencio
en lugar de este rasposo fluir
de ideas
que se persiguen
unas a otras
sin tomarme en cuenta
logre descifrar
de golpe
el sentido exacto
de esta espera.
El sol, el viejo sabio, va disipando
minúsculas dudas de oscuridad, dejadas
hasta ahora por resolver. Le tiemblan
un poco las manos, y temblamos
los árboles y nosotros cuando oímos
que todo minuto que pasa ha de arrancar,
brusco, una venda de sombra, y ahora el justo
caso de la luz será bien recto, y ahora
chillará la delgada desazón de la flauta
de Iblis, y lo veremos todo, y repleto
de espacios de claridad, impenetrables
como el cristal. Manifestado todo, diremos:
tú lo has querido, te lo has buscado tú, de noche,
cuando dormías sólo para despertarte
y no querías creer que la vida
se te volvería más ignorada que el sueño.
Versión de M. Àngels Cabré
Tiene el mar perlas, el cielo
astros de ardiente fulgor,
mi corazón en su anhelo
guarda, fuente de consuelo,
otro tesoro: su amor.
Grande es el cielo rïente,
grande el mar, pero mayor
es mi pecho; y más ardiente
que perlas y astro luciente,
en él fulgura mi amor.
Para tí tan sólo, hermosa,
es mi corazón entero;
cielo, amor y alma dichosa
en un solo amor sincero
funde la vida gozosa.
Yo quisiera a la bóveda azulada
donde lucen los astros,
un torrente de lágrimas vertiendo,
en un beso de amor unir mis labios;
que son los ojos de mi dulce amada
esos astros serenos
que me saludan dulces y graciosos
desde la inmensa bóveda del cielo.
Hacia los ojos de mi amada hermosa,
hacia el cielo tranquilo,
los flacos brazos suplicante elevo,
y enamorado y anhelante digo:
-«Dulces ojos, graciosos resplandores,
dad calma a mi angustiado pensamiento
que muera yo, mas que posea al cabo
vuestra serena luz y vuestro cielo.»
-Por las ondas inconstantes
y por mis sueños mecido,
en el camarote angosto
reposo triste y tranquilo.
por la lucana entreabierta
los astros miró en la altura;
¡dulces ojos de mi amada,
hermosa como ninguna!
Aquellos ojos amantes
mi loco delirio velan,
y en la bóveda azulada
luminosos parpadean.
Y hora tras hora dichoso
miro la serena altura,
hasta que los dulces ojos
me roba un jirón de bruma.
En la pared donde apoyo
mi cerebro fatigado,
chocan las ondas furiosas,
en mi oído murmurando:
-¡Pobre loco! son muy cortos
tus brazos y está muy alto
el cielo, donde encendidos
y fuertemente clavados
están con clavos de oro
los resplandecientes astros;
mejor harás en dormirte
calma a tu ansiedad buscando;
¡que tus súplicas son vanas,
y son tus deseos vanos! -Soñé;
era un prado desierto,
era un prado solitario,
de blanca nieve cubierto;
bajo su frío sudario
dormía insensible y yerto,
mas lucían en la altura
de la bóveda azulada
las estrellas con luz pura.
¡Dulces ojos de mi amada
miraban mi sepultura!
Y aquellos ojos amados
resplandecían serenos,
victoriosos, extasiados;
mas de amor eterno llenos
y de pasión impregnados.
Heinrich Heine ( Alemania 1797 - 1856 )
Yo soy la amada, amante, soy la amada:
voy andando las horas que separan
mi cuerpo de tu cuerpo
y restañando las frágiles heridas
de huellas que volaron con tu nombre.
Yo soy la amada, amante, soy la amada:
la que brotó salvaje entre tu trigo
y lo tiñó de púrpura,
la que sin darse cuenta
iluminó de pronto tu paisaje,
la que acudió a tu llanto
y en su aljibe
atesoró tus lágrimas.
Yo soy la amada, amante, soy la amada:
la que en silencio mira.
La que te espera.
La que teje sus sueños con tu vida.
LUZMARÍA JIMÉNEZ FARO ( España )
Y tú amor mío, ¿agradeces conmigo
las generosas ocasiones que la mar
nos deparaba de estar juntos? ¿Tú te acuerdas,
casi en el tacto, como yo,
de la caricia intranquila entre dos maniobras,
del temblor de tus pechos
en la camisa abierta cara al viento?
Y de las tardes sosegadas,
cuando la vela débil como un moribundo
nos devolvía a casa muy despacio…
Éramos como huéspedes de la libertad,
tal vez demasiado hermosa.
El azul de la tarde,
las húmedas violetas que oscurecían el aire
se abrían
y volvían a cerrarse tras nosotros
como la puerta de una habitación
por la que no nos hubiéramos
atrevido a preguntar.
Y casi
nos bastaba un ligero contacto,
un distraído cogerte por los hombros
y sentir tu cabeza abandonada,
mientras alrededor se hacía triste
y allá en tierra, en la penumbra
parpadeaban las primeras luces.
CARLOS BARRAL ( España, 1928 - 1989 )